La Pequeña Fraülin Martina

Abuelo Klaus jura:
             No sé, no recuerdo, no vi.

 

Irresistible el cielo del azul de sus ojos
como el cielo de Baviera.
(Es azul el cielo de Baviera? )
Inevitable el azul de su mirar
como el aire de la mañana de Baviera.
(Es azul el aire de la mañana de Baviera?)
Fraülin Martina trae azules desde las fuentes
de aguas de azules Danubios
en los ojos de abuelo Klaus
con quietud de vacío de bosques azules
clamoroso de azules vocecitas
de niñitos azules con ojos de cielo de Baviera.
(Es azul el cielo de Baviera?)
Lleva mudo los ojos el abuelo Klaus
helado el azul de ver mieditos
y tinieblas azules
del otro lado de las alambradas
sobre la escena del ayer de atrás..
Fraülin Martina sonríe
y se ilumina su inocencia azul
como el azul del cielo de Baviera.
(El cielo de Baviera es azul?)

 


 

         Alegorías

Cuando escribo “ellos”
aparece el retrato de mi gente.
Si digo “derrota”
es porque nos cruzamos sin advertirnos.
Apunto “fuego”, para regresar
a la caverna donde recuperar mi sombra.
Copio “partidas” y se oye
el aullido negro de perros abandonados.
Subrayo “juego” y bajan colores
y más colores para batir a la niebla.
“Mesa” descubre un jardín de sublimes porcelanas.
“Sueño”, señala a la gigante bestia que baila feliz.
“Lilas”, se ofrecen para que las lleve al poema.
Cuando anoto “tranvía “acude el temblor
de una emoción de olas que no ceden.
“Abuelo” se presenta para que descubra
el desconocido rostro de su voz.
Y si dibujo el nombre de mi amada
será la rendición de los enemigos;
a saber: la soledad, la zozobra,
y la perversa lámpara
que me alumbra la puerta de salida.


 

Los Peores Hombres de mi Generación

Ciega va la gente de mi tiempo;
moribundo, entre tinieblas el paisaje.
Entregados los mayores, y los más jóvenes
rugiendo canciones de vencidos.
No fue oído el que decía:
“es necesario ser un poco malos
para ser después definitivamente buenos”.
Ciega va la gente de mi tiempo;
los varones se baten sobre la arena de los días,
arañan las mujeres sus vestidos
se arrancan los pechos, y juegan
a los héroes los más pequeños.
No fue oído el que decía:
“casi todos descreen de la hermandad”.
Ciega va la gente de mi tiempo,
hechizados con fuegos de artificio.
No fue oído el que decía:
“oscuro se presenta el corazón de muchos”.
Ciega va la gente de mi tiempo;
en blanco y negro se detonan los sucesos.
Los poderosos ocupan el trono de la nave central.
Se muestran triunfales y altivos
los peores hombres de mi generación.

 


 

Ya no llora la yeguamadre.
Ya cesó su ruego, dejó de clamar.
Ya se pasea altiva, divulga su atavío
la batahola de su color.
Tanta suplica, tanto reclamo…
Ya no llora la yeguamadre,
dichosa la soberbia bocasa complacida va.
Derrotada que fue su empalagosa grisería
la nubosa carne siempre anciana.
Dorada verde roja azul ahora viene.
El asombro fue de muchos
el desconcierto de todos
y una especial inquietud en el corazón general,
salvo en la paleta del niño Vincent Van Gogh,
el hijo del pastor,
en Zinder Bravante del norte
allí por el 1860.

 


 

Cuando el incendio de la higuera
todos lloramos.
Los grandes con gusto a pulpa calcinada,
los más chicos con duelos de quebradas aventuras;
los buenos y los malos vecinos lloraron
lloró la tortuga Mery
Úlises el perro más perro
el canario y los gatos cada uno lloró,
todos lloramos.
Salvo el tío loco
agazapado en un rincón
el tío que reía y reía sin dejar de aplaudir.

 


 

Alivia volver
                            sobre las fotos de la infancia.

 

Los que más me quisieron están muertos.
Desnudo voy, entonces. A la intemperie.
A los ojos de todos. Avergonzado.
Los que más me amaron quedan lejos,
a espaldas de mí y de mí sombra.
Incierto voy, entonces. A la deriva.
Implacable, golpea y golpea
el marcapaso de la soledad.
Es cierto que la vida no cede así como así?
Es verdad que no se quita, no se inmola?

 


 

Un destello en la noche.
En el cielo de la noche.
Luz que titila al ritmo
de diástoles y sístoles de dos que se aman
echados sobre una tierra agradecida.

Esas muertas que suspiran felices
deben ser sus mamás.

 


 

No deja dormir. La tormenta.
La tormenta no me deja dormir.
La de adentro. Arrasa con todo
el viento de incesante furia.
En la cabeza. Adentro.
Y no deja dormir. La tormenta.
La tormenta no me deja dormir.
Llama. Golpea y llama.
De un temporal a otro corre
la tormenta en la cabeza.
De un temporal a otro corro.
Chiquito.

 


 

Es único este animal de amor,
original la pieza viene con boca de fuego
y un hambre de esas.
Rugido de león apasionado avisa
habrá revuelta, disturbio habrá
de toda cosa y cosita, desorden habrá
y habrá quite y separación
para volver distinto, mejor,
y avisa, habrá convenio y armonía
del sueño tanto como de la carne,
que no es poco
para los tiempos que corren.

 


 

No alcanza la manta de color, la tejida,
el acolchado de la tía ciega no alcanza
ni resulta suficiente el cubrecamas de piel
de las santas ovejas.
Cuchillos de tedio se dejan oir
y rondan venenosos zarpazos de rutina.
Calor, más calor,
fuego, más fuego
ruega nuestra carne cruda y manda
fundar heroicas maneras y pide
juntar novísimas fiebres
desatar el hambre de cada uno por el otro,
para no dejar
que acerque siquiera su hocico de hielo
el cuervo del desamor.

 


 

                 …pero quien la detiene a la fantasma,
quién distrae a la fatal?

 

Estar, estamos,
le ocupamos todo el día al día;
trabaja todo el tiempo el amarse nuestro,
no se da tregua esto de dar y tomar.
Vida, por donde se la mire, vea;
vida y presente y fragor y no cesar.
Que no se le ocurra descubrirnos
a la jefa del tiempo,
ni bajar el pulgar ni cantar suficiente.
Y si nos ocultamos
si escondemos el fueguito de nosotros
y decimos: “no están, salieron”?.

 


 

Más de 300 las víctimas del siniestro.
Un trasbordador. En la India.
Pero aquí, desgarra el aire de la mañana
el quejido de la gata por su pata dañada.
Aventura nocturna hubo y hubo pasión de azotea.
La cortesana felina regresó de la contienda amorosa
con un costo mayor que el placer recibido.
Una leve, culposa inclinación de la cabeza
es todo lo que concede expresar.
La pata, la falange herida de una pata
ocupa todo el tiempo, todo el pensar.
Son 300 las víctimas del siniestro.
Un trasbordador. En la india. Una cifra.

Aquí, bajo la cúpula del templo doméstico
jadea un inconfundible, ecuménico, felino pesar.

 


 

No dejes de escribir

En la última carta me decía
no te arborices. Eso me decía,
no te disperses.
Enfila los soldaditos de tu factoría
en dirección del mar
hasta la boca de la ballena habladora.
No te distraigas me decía,
no te salgas de la inquietud, eso me decía
no te apartes del cuenco
donde se cocinan las perlas del mago
y la voz de tu amada.
No te duermas me decía,
no te alejes de la luz, eso me decía,
la que da en la frente de la sagrada palabra.
No abandones la marcha
la del felino que marca la cadencia.
Resulta tan escaso
el aire que resta en los pulmones…
Eso me decía.
El día la vida recién comienza.
También la muerte la noche.

 


 

El Misterio del Cuarto Amarillo

(El miedo grande de los chicos)

 

El más muerto de los muertos sentenció:
“esa puerta no se abre”.
Y no se abrió. De todos modos
del otro lado se dejan oír
trajines, fatigas de otra vida.
Nebuloso el murmullo, velado el eco.
El redoblado taconeo se deja oír
de las hermanitas jugando a las señoras.
La tersa perfumería del caballito de madera
y la navegación de la plancha de Julia
sobre las olas del guardapolvo.
Se deja oír el calor de la santa sopa,
el secreto comadreo de las vecinas
y las quejas de la polca en el violín de José.
La brisa entre los palotes del primer cuaderno
se deja oír, la tos cada vez más lejana de papá
y como en puntas de píe, cada vez más cercana
la voz de mamá que vuelve a preguntar:
“hijo sos feliz”?

 


 

 

Escenas de la Muerte Cotidiana

                                                                       Un solo golpe de carne cruda
                                                                   sobre el timbal de la calle.

 

Primer acto:      abre con gran alboroto.
                         Vecinos asombrados. Se alteran los niños,
                         los ancianos se alarman.
                         Es el gran revuelo, la gorda noticia.
                         Como si una ballena hubiera levantado vuelo.
Relator:            Es menos, mucho menos que eso.
                        Es la del 4º “c” que bajó por el aire.
                        Apurada que traía la congoja,
                        ansiosa la tristeza.
Segundo acto. Gran escándalo en el edificio.
                        Acaso el choque de los planetas.
Relator.           Es menos, mucho menos que eso.
                       Es la del 4º “c” que apuró su historia.
                       Hambrienta que traía la felicidad,
                       la soledad demasiado sola.
                       Suficiente para adivinarle los azotes, las tormentas.
                       Simple. Ningún enigma.
                       Simple. Nada de misterio.
Tercer acto:    Niños.
                       Se desplazan en silencio.
                       Espectros van. Vuelven ancianos.
Relator:          En unas horas se apagará la conmoción.
                       La misma historia se agotará en unas horas.
                       Y bajará por los aires.
                       También.

 


 

De este tiempo quedarán
gigantes tinajas de ardientes cenizas
que contarán la gesta de bravos hombrecitos
siempre listos para el combate y el sacrificio
durante otra noche de la historia.

De esta tarde
quedará una memoria de nube rosada
que atravesó el cielo
sobre el juego renovado
incesante de niños que se suceden.
De este amor
nada quedará sino
una tinaja con una rosada nube
que no se inquietará siquiera
cuando el fantasma de la malicie pregunte:
y esos dos con sus juramentos de eternidad,
qué se hizo de esos dos?

 


 

        Viola Da Gamba

Barroco dictó la historia
de modo que la figura del mundo
se miró a si misma y a espiar se puso
al musicante capitán Tobias Mum
que se daba a su viola para el placer de Dioses
y sombríos vecinos de su armoniosa soledad.
“Maldita sea esta perra vida”
sentenciaba el atribulado Tobias,
entre sorbo y sorbo del oscuro vino
en la “Taberna de los Abatidos”
y repetía el pálido Mum:
“pobre de mi pobre capitán”.
Barroco dictó la historia
y el mercenario generoso, el ordenador
de sagrados y miserables sonidos
-sin tantos bemoles-
bajo un olivo de sueños apuntó
los compases de su melodía más sublime
que a uno y otro tampoco conmovió
así que la cocina de Tobias
para siempre hirvió escasa fortuna, mucho padecer.
Pero no hay mal que dure cien compases
vale decir se murió el musicante capitán;
el dolor se alivió, se reposó el tormento
en un prolongado silencio de área final,
ese de decir, o mejor, susurrar:
“pobre de mi pobre Tobias pobre Mum pobre capitán”.

 


 

        Complejo Habitacional

                
       I

 

Es un jadeo como exhalación de gratitud
el aire que toma y devuelve
la que se deja oír en la honda noche.
Un ir y venir de viento abrasador
que visita la boca de ella
en clave de inconfundible goce,
y del habla de las fiestas de su cuerpo
melodía queja susurro de carne celebratoria.
No la adivino no la sospecho;
y nada más, para reconocerla
me basta la noticia de su respiración.
No me adivina no me sospecha, no imagina
cuanta salud cuanta vida me prodiga
esa manera tan suya de entrarle al silencio.

 


 

El velero, el fantasmal cruza el campo
por una ruta sin cauce.
Sobre olas de hierbas se desliza.
Inquieta la visión. Asusta.
No logro divisar quien lo conduce;
tampoco reconocer
al que me señala desde la borda
y alza la mano
que va y vuelve de este a oeste
con clara señal de último adiós.

 


 

La plomada de luz
da en la palma de una mano
donde alguien apunta: te amo.
Otra plomada de luz
da sobre la palma de otra mano
donde alguien lee: te amo.
No es necesario que nadie registre
el jubiloso temblor que sacude a la tierra
ni que responda a las campanas
que se hamacan detrás de la nuca del día.
Cursa pudorosa la brisa de la felicidad.