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Hay entre los árboles …


Hay entre los árboles una dicha pálida,
final, apenas verde, que es un pensamiento
ya, pensamiento fluido de los árboles,
luz pensada por éstos en el anochecer?

Imágenes oscuras, los pájaros, vacilan
y quiebran, al fin, tímidas frases entre las hojas:
la pura voz delgada de ese pensamiento
que quiere concretarse porque empieza a sufrir.

¿Sufrir por qué? Alado, tiembla hacia las nubes,
miedoso de perderse, de morir, a pesar
de la gravitación ya sensible de algunas
estrellas, y del llamado espectral de las flores.


 

He mirado...
He mirado un pequeño animal un poco grotesco.
Una figura casi de ciertos dibujos animados:
las orejas largas y el hocico todavía largo—
hacía pocos días que lo habíamos recogido del baldío.

No parecía un gatito, no, no parecía.
Y he sentido de pronto que en ese momento era mi vínculo
con un mundo vasto, vasto, de vidas secretas y sutiles,
de vidas calladísimas, a veces duramente cubiertas, pétreamente
cubiertas,
y también de las otras cercanas de la suya
manando —sin memoria, dicen—entre las sombras indiferentes
y hostiles
—ay, las sombras hostiles y opresoras y sangrientas somos
siempre nosotros—
hacia el sueño final ardiente todavía de otras vidas...

Pero en sí lo he querido, lo he amado
con mirada profunda y mano suave.
Y él me ha respondido con su gritito
desde su pesadilla ahora doblemente acariciada.
Reíos: me fundí con él, me hice con él
como el llamado vivo, vivo, que nos rodea y tiembla en la
    sombra…
Y vi otros rostros, oh sí, vi infinitos rostros
de niños envejecidos en el horror de otra pesadilla.
Los rostros de los niños de los infiernos helados de las
    ciudades y los pueblos.
Los rostros de los niños, ay, de los campos y de las orillas de
    los ríos.
Los rostros también afinados por el hambre, grotescamente
    afinados.
Y viejos, viejos, en las orillas de los ríos...
Qué habéis hecho, por Dios, de nuestros propios tallos
 puros?

La caricia, sí, la caricia dolorosa para esas cabezas alargadas,
para esos pelos ásperos y sucios, para esos ojos pálidos y
    pequeños y arrugados,
y esas miradas tímidas que nos buscan desde la hondura de la
    noche común;
sí, la caricia; sí, la respuesta que se inclina delicadamente
    atenta.
Pero el amor, oh Buda, pero el amor, oh Cristo, pero la caridad,
    si queréis,
han querido, han debido ir hasta el fin
y ahora el camino seguro es suyo y la lámpara fiel también es
    suya…

 


 

 Invierno


—El viento llora, padre...
—Sí, alaridos como de vidrio…
—Sin nadie, padre...
—¿Igual que caminos, solos, de piedra?
—¡Entro en el viento, ay, padre, cómo silba!
—¿Dónde terminarán los silbidos, dónde?
—¿Es otro padre el viento, ay, fuerte, que me lleva
a sus arenas amarillas, hundidas?
—Hundidas en una ausencia demasiado larga
y lastimada...
—¿Y qué es la ausencia, padre?
—El viento es un alma, hijo, desesperada...
—Desesperada, de qué?
—Desesperada de... aire sin fin... y de...
—¿De qué más?
—De fuga...
—Estoy vacío, padre, y a la vez en esos gritos...
—Las islas gritan también, oyes?
—¿Tienen alma también las islas, padre?
—Cuando hay mucha agua, ellas vuelan
y llenan toda la noche, ay, de heridas…
—Pero al río, mira, al río le han salido mariposas…
—Flores del viento...
—¿Pero el viento, verdad, traerá otras flores?
—Ay, él casi siempre las deshace, o son pálidas...
—¿Pero no alzará al fin la tierra verde?
—Y agitará banderas sobre los pájaros, sí,
mientras las islas se irán haciendo de cristal...

 


 

   Junto a la hierba


Yo la llamaría velilla
o plumilla...
Mas para qué el nombre
si es una sutil aspiración
o una oración delgadísima?

Es la más alta de todas, la más alta
para la cortesía, al parecer, de todas las otras hierbas,
ante qué aire primero?

Como una fina espiga, al principio,
de tallo casi invisible,
sube, sube hacia el plumón,
hacia un aura de copillos,
hacia su propia luz de comulgante
en los altares de Abril...
sobre el dulce sacrificio
de las verbenas de Abril,
y los dones miniados
por los geniecillos hondos
de Abril...
y hace por poco flotar a las colinas
en tapices blancamente punteados
con la seda de sus horas,
hasta que éstas, cuándo?
son la estrellita suspendida, muy pálida,
y apenas hilada, ay, de una agonía...

Quién dirá de sus sentimientos, oh Bose, para el azul,
y para el dios profundo de su homenaje sin fin?

Quién de su danza reverente entre las mariposas
o espectral, en el presentimiento del crepúsculo,
bajo un latido de “aguaciles”?

Quién de sus minutos de otra brisa o de rayos misteriosos
o de hálitos ya
de no se sabe qué espíritu,
pero que curvan, delicadamente, como un escalofrío
sobre el mismo sueño de todo?
Quién de su exaltación pura de cirios
cuando el atardecer, abajo, se ha perdido?
Y quién de su silencio, fluido y algo fosfórico,
en la gravitación de los rocíos eternos
y de sus saludos casi íntimos
que hacen nevar, aun más, la luna,
o encenderla de votos fragilísimos en una duda de ángeles?

Oh, quizás algo sordas, su corazón es así
de los imanes insospechados de una luz que no sabemos,
pero se alza gentilmente y se inclina gentilmente
en el circulo de la más perfecta adoración,
igual a un surtidor que no olvida
a su deidad oscura,
y alterna con los otros, sus hermanos, una dulce medida,
en el rito más aéreo...




 

La noche en el arroyo


Infinito, Noviembre, tiembla, tiembla en el agua

Escucháis la voz de la noche?
De qué es la voz de la noche?
Es de agua o es de flor?
Es de flor y de agua a la vez.

Hagamos un silencio como el de las orillas oscuras
para escuchar esta voz innumerable y tenue.

Seamos vagas orillas de silencio inclinado
o los oídos de la misma noche
abiertos a qué hálito de flor y de agua juntos

 


 

La noche pálida tiembla
La noche pálida tiembla con una inquietud secreta.
Tanto jazmín, no obstante, y azahares tantos, en la luna un
    poco alejada por los focos eléctricos,
en la sensible soledad del arrabal—oh, los tapiales viejos, oh,
    las veredas rotas, noche
en que nuestros pasos parecen pisar un corazón inquieto y
     delicado.

Alma de los tapiales y de las veredas, quizás?
Allá, hacia el hervor plateado del río, será otro el sentimiento?
—soledad de azucenas hacia el vapor celeste de las islas—
Otra será la emoción de las quintas cercanas que descienden
    hacia el alba a destiempo de las costas
entre una nieve tímida de flores?
Sobre la arena de los patios de los ranchos, tan blanca, ah,
    tan blanca,
una memoria acaso, de rondas sobre el hambre?
Más allá del jazmín, más allá del azahar, más allá de los
    tapiales viejos,
más allá de la luna de las islas, más allá de la luna de las
    quintas,
más allá de la luna de las arenas que alumbró los juegos pobres,
la noche pálida tiembla con una inquietud secreta.

Un viento vago, un vago viento.
Un viento fuerte por momentos, y profundo.
En la dirección del viento todo se inclina y huye.
No hay paz perfecta en ninguna noche, no hay luna con
    jazmín íntimamente pura.
Un hondo estremecimiento que luego se alza y deshace, hecho
    ráfaga, la noche.
El viento de la angustia de los niños lejanos, de las mujeres
     lejanas, bajo la muerte brutalmente alada.
El viento más lento, terriblemente lento, y como circular, de
     la desesperación cercana.

Alma mía, sobre el viento y la noche mira, mira el bosque
     de brazos que sostendrá el día puro.


 

La Ribera


En qué sueños la vi, la vi en qué realidad?
Era ella de flores y con árboles altos
por entre cuyas ramas gráciles el verano
era un vapor azul que lejano temblaba.

¿Era la dicha pura, era la imagen de
la dicha delicada y común que esperaba
aquí cerca como una presencia misteriosa,
o era la esperanza emergiendo del agua

y llamando al confín entre las ramas quietas
cuando se miran niñas y amarillas las flores,
eternas, frente a los secretos pasos fluidos
del tiempo, de qué tiempo, del sueño o de la vida

 


 

Las 4 de una tarde de invierno
Un ángel de un ya más pálido diamante
hace casi terrible la luz.
Por qué?
Qué tiene la afilada
alegría de la luz
sobre los pastos
y sobre el agua?
Una secreta sombra de tiempo
hace tan frágil,
y sin embargo
tan aguda la luz, con frío, ay, con frío?

Me aflige, amigos, el frío de la niña de diamante
que quisiera danzar sobre el verde y la onda,
y un no sé qué de filos la cortan en el aire
y un no sé qué de acetos le azulan todo el río.
Pero ya conozco al ángel de esta hora y lo miro de frente
para saber si en su horror de vidrio que palidece
ah, con qué rapidez a un insensible soplo,
hay ahora una sombra helada sobre ramas escasas o apagadas,
y está ese frío de muerte—no es de fuego, por Dios, ahora
         la muerte?—
que parece cortar el aliento del planeta.

En torno al fuego de la alegría, amigos, hagamos una rueda,
a pesar de los ángeles de vidrio y del dolor y de la muerte,
y a pesar, ay, a pesar de las agujas del desvelo sobre tanta
         criatura sin abrigo:
subirá mañana Septiembre de las quintas y mañana el
         amanecer será un vuelo para todos.

 


 

Me has sorprendido...
                  Me has sorprendido, diciéndome, amigo,
                                                            que “mi poesía”
debe de parecerse al río que no terminaré nunca, nunca, de
     decir…

                  Oh, si ella
se pareciese a aquel casi pensamiento que accede
                                                    hasta latir
                                 en un amanecer, se dijera, de abanico,
                                    con el salmón del Ibicuy...:
             sobre su muerte, así,
    abriendo al remontarlo, o poco menos, las aletas del día…

                                    Seguiría mejor eso que mide
      su silencio, y de que, al fin de cuentas, parejamente, es
          hija…

                                                 Y acaso recién podría
comprometer a las nubes que le sueñan su extravío
                                                  entre dos cielos,
                                            también…
                                   y atender unas orillas
                          que quisiese, como él, llevar consigo,
                                                      sobre todo esa melancolía
                                                             de espinillos
                                    que igualmente se le retira
                        para asumirles lo que, como a los otros,
                             hacia el filo
                                                 de la tarde, ni las sílabas
                    que los han inquirido, aladamente, deslíen...

Y habría de bautizar, a su semejanza, la sombra que llegase a
     esa su rima
                                                             de Jordán, en subida
                     desde la sal en que hubo, lunarmente, de morir,
                                                              para hacer así,
                            según lo hiciese con él, y en celeste
                                                               de amanecida...
                                          para hacer, otra vez, la vida…

O quizás, por qué no?, pudiera mirar con azahares, asimismo,
                                             la angustia,
                          cuando, tras las guirnaldas de golondrinas,
                                                                  que él abismase,
                                              sólo la mirara, parecidamente,
                                                                el frío...
o envolverla, aún, como en una presencia cuya línea
                                                 resumiría las líneas...
          para ver de que advirtiera, en la iluminación, la última
              o la prima
                                                      en un centelleo de cíngulo
                 de esa alba que, de adentro, y tal la soledad que, de
                       súbito, sería
                                                                 al azar restituida,
pero evoca, providencialmente, de sí
                                                          el cisne,
                             ella, la angustia del gris,
                                             habría investido

 


 

Nada más
¿Dónde se hizo esta
luz
velada?

El chingolo canta.
Este canto en la luz
como desde el seno
tímido de la luz.
Y las orillas
florecidas,
las orillas
amarillas,
las orillas temblando
en la sensitiva
mirada del río?
Demasiado, demasiado.
Sólo la soledad
apenas
dorada,
con este canto.

 


 

¿Qué quiere decir?
Qu’est-ce que cela veut dire?
Mallarmé
¿Qué quiere decir el cerco
crepuscular?
¿Qué quieren decir
esas figuras humildes
que descienden
medio perdidas como el cerco?

¿Qué quiere decir el matorral
al cielo que muere
pero que mira, mira, mira;
y esos hombres vagos
que de algún modo mueren
también
todos los anocheceres,
qué quieren decir?

Oh, yo sé algo
de los destinos oscuros:
la bolsa abierta
casi en la sombra
—sobre la mesa, la mesa?
el cabo de vela
se va—
ante las manos impacientes.. .

Pero esos hombres allí
son del crepúsculo
y mueren extrañamente
como él,
melancólicos, melancólicos fantasmas
que bajan, como apresurados,
hacia su noche.

¿Qué quiere decir el cerco?
¿Un hastío de ceniza rameada,
ante el sueño que demora,
lívido, allá arriba,
o una penumbra que se amasa
pobre y medrosa,
como una olvidada alma agreste
en la última tenue luz
desierta?

Oh, las cosas, las cosas,
las plantas, y los espíritus
que flotan casi, no caminan, o se repliegan
en la soledad apenas azul
que los va llevando, hacia dónde?
o los fija, en qué misterio
de raíces aéreas?

Paz de la noche, paz?
para el desconcierto sin nombre
de las cosas y de las criaturas
del anochecer, a merced
de olas infinitas
o de manos increíbles
o de llamados oscuros.
Para las cosas y las criaturas
sin amor, sin miradas,
sin nuestro amor y nuestras miradas,
en el arrabal, que ya es el campo.

Sabremos lo que quieren decir en el crepúsculo?

 


 

Qué vagas manos de plata...
¿Qué vagas manos de plata en este febrero ya sensible,
desde las largas nubes tenues de este celeste aún indeciso
hacia el tibio mediodía, sobre la colina redonda
toda de “camambú” y ligera sobre las demás,
nos hacen señas, oh alma, de repente?

¿Espíritu misterioso del aire, o de qué tierno pensamiento?
que aparece así en increíbles momentos
olvidados o pálidos: qué solos, qué solos tus signos
cuando ni siquiera hay pájaros o hierbas o aguas...

¿Se quedarán entonces en tu cielo hechos cintas de gasas,
extáticas o ajadas por un soplo invisible, melancólicas,
o correrán inquietos, escalofríos de luces casi íntimas,
hacia otras almas aladas o dormidas o de pura mirada?

Vagas manos de plata también encontraréis nosotras, mañana,
las manos que esperáis entre todas para la amistad delicada:
muchas manos, muchas manos libres sobre el filo etéreo del
  otoño,

atentas a vuestro sutilísimo llamado entre la dicha del maíz
o en el linde del bosquecillo para el reposo o del arroyo,
en esa brisa que tiene de vuestro modo y que unirá aún más
  las frentes...

 


 

No era necesario...
No era necesario mirar el cielo ni las ramas.
Aquí te vi, en la tierra pura, en la tierra desnuda.
Aquí te vi, espíritu primaveral, danzar o arder serenamente
      como la alegría sin nombre,
transparencia imposible de una dicha flotante sobre el polvo.

Aquí te vi, niña fantasmal de velos diáfanos, en el mediodía
      inexistente.
No era necesario mirar el cielo ni las ramas

 


 

No estás...
No estás debajo de la mesa,
no estás en la terraza,
no estás en la cocina,
no andas debajo de los árboles. ..
Pero veo tu sombra, mi amigo,
tu fina sombra mirándome.
Ah, mirándome,
con esa mirada tuya, melancólica
pero dulcemente feliz
de sentir en tu ser
la onda de la mía...

Los dos, unos momentos,
nos mirábamos antes
hasta que me turbaba
la sensitiva luz
de yo no sé qué llanto
de plenitud
que aparecía en tus ojos,
ganaba tu actitud
alargada
y te hacía un pálido
misterioso fondo...


Y así eras un alma
antigua
en su mismo éxtasis fiel
hasta el nivel de otra alma...
Y a su vez esta alma
se bañaba
en tu gracia lejana
como en los puros signos
del espíritu
ya iluminándose...

NO ESTÁS...
No estás debajo de la mesa
para envolverme en el hálito
de tu armonía dormida:
el sueño del impulso
mismo
en sus líneas aladas
hacia prados invisibles
pero que llenaban
de no sé qué brisa verde
la pieza...
y las hierbas se despertaban
y la mañana era de pies ligeros
y la tristeza era de pies ligeros…

Temblaba tu calor,
y la soledad de dos
tenía un sobresalto
de fuego suave...
no más el frío inexplicable,
no más la sombra inexplicable,
no más el abismo inexplicable...

No estás debajo de la mesa, mi amigo...

NO ESTÁS…,
No estás en el sol tibio
conmigo…
Chispas del azul etéreo
encendían dulcemente, y las fundían en él,
las ideas fáciles del aire, de las hojas, de los trinos,
en que mi pensamiento flotaba...
Me mirabas, medio fascinado,
los ojos vencidos por igual
delicia radiosa,
y éramos una sola alma agradecida
a un mismo dios transparente:
criaturas gemelas de este dios,
humildes llamas de este dios…

No estás en el sol tibio conmigo, mi amigo…

Y AY…
Y ay, no bajas la escalera
como en los últimos tiempos,
con tus ziszás deslizados…

A veces, ay, caías contra mi propio corazón…

No bajas la escalera,
y sin embargo
yo ya sentía entonces que bajabas
hacia las pálidas raíces
y que mis brazos eran débiles
contra tu descenso rápido, rápido,
en su indecisa lentitud.
No podía detener tus días
en los ámbitos de tu adoración, familiares
a la presencia amada y a su aura,
con su fluido secreto, y las líneas
visibles e invisibles que debían repetirla. ..

Oh, si después de la ceniza
el cariño por ahí esperara...
¿Qué oídos para oír tu aullido solo
más allá de la luz y de la sombra?
Y yo llegara al fin a encontrarte en algún cielo del amor,
tú ya rápido hacia mí por el imposible otro perfume, llorando,
y jugáramos los dos, luego, por las infinitas hondonadas,
sobre el rocío eterno de las gramillas eternas...

Si nos halláramos, después, mi amigo, en algún círculo fiel,
fluidos sólo quizás de una adhesión perdida
que no se habría cansado, allá, de preguntar a los aires…

 


 

       

No, no la temas...
               No, no la temas, ella te mira
                      de donde tú doblas, constantemente, los días...
       Y de noche, aún, te visita,
                        y tú quizás ni sospechas que algunas veces por
                             tu hálito
                                                 ella te respira...:
        y esa palidez que, de repente, mientras duermes, te
             marfila,
                                               desde, acaso, otro sueño, la huida
                          que tu frente y encera, anticipadamente, en lila
                                       los párpados que te sellaría...?

                          Si ella es detrás, siempre detrás de ti
                                                               y es contigo
hasta cuando hacia las diez de un azul de setiembre tú vibras
         con la brizna
              en ese algo que lejos de pulsaría apenas si
                     verticalmente le mide
                                             en otro jade el minuto
como un lapidario de éste, miniándole en su línea
                                       el centelleo que a su pesar no remite,
                                                                     no, el circuito…

Ella es menos que una sombra o ese nadie que te pierde en lo
      invisible
y que te habita:
más en ti, en ti
                                      que afuera entonces del tejido
        de la millonésima de segundo que tú mueres al vivirte…

              Pero puedes, con todo, hacerte tú ella misma
                                 ardiéndote antes de que se incline
                                          sobre tu velilla
        tal el héroe al alzarla en una sola llama con la suya
             ganándole al destino
                                          el soplo que lo seguía...

       y como tú, pues, en el poema en que de súbito, asimismo,
quemas ese momento de la oscuridad o de la luz que de todo
      o de todos asumiste
                                        y que con tu sangre también, les rindes
                                                en insignia
        del silencio a flamearles cuando el asta, por igual, deba
              fundírseles
                                               en lo que abrasa, de improviso,
                                                        el alrededor de unas islas…



 

No te detengas alma sobre el borde...
No te detengas alma sobre el borde
de esta armonía
que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas.
¿De qué música?

¿Temes alma que sólo la mirada
haga temblar los hilos tan delgados
que la sostienen sobre el tiempo
ahora, en este minuto, en que la luz
de la prima tarde
ha olvidado sus alas
en el amor del momento
o en el amor de sus propias dormidas criaturas:
las aguas, las orillas, las islas, las barrancas de humo lueñe?
¿O es que temes, alma, su silencio,
o acaso tu silencio?
Serénate, alma mía, y entra como la luz
olvidada, hasta cuándo?
en este canto tenue. tenuísimo, perfecto.

 


 

Oh, allá mirarías…
Oh, allá mirarías
                        con un noviembre de jacarandaes... sí, sí.

Pero, amigo,
                        si no habrá, del otro lado, domingos
                                                                de niñas...
                  ni menos en lo ido
                  lilas
                                     de prometidas...
O mirarías
                         con un infinito de islas y otra vez morirías, sin
                                morir,
                                                             en unas como ultraislas?

         Mas amigo, qué otro infinito, allá, podría repetirme
                                                           y aun desdecirme
                                                      en el juego con un confín
                                                                     que no sería

                                      confín?
O entonces con lo que restase
                                                          de río
                                             en el estuario que dicen?
Qué tiempo, amigo,
                         qué tiempo, por Dios, para los tiempos
                         en lo que a ellos los ahogara... todavía?
     Ni con un junco, así?

Dónde los juncos, niño mío, en un inconcebible
                                                                 de orillas?
    Un sentimiento, pues,
                                soñado por el no, el no, sin límites?
                 O un crecimiento, allá, en un modo de existencia
                      y no de vida?
       O donde nada, por tanto, sería,
                           de la negación misma, una manera de
                                fermentación hacia el sí
                                           de unas espumas de jardín...
o hacia ése que las ramas y las hojas, póstumamente, habrían
                                                            perdido
                                                   pero en un ir
                                                                     sin fin...:
                espíritus, entonces, por momentos, de unas
                                   azucenas a la deriva. ..
                             Mas, qué allí...
           qué de los ojos de violeta, y de los ojos de verdín,
                                           y de los ojos de los narcisos,
                           y de esos ojos que les transfiguran,
                                             en iris
                                    de la eternidad, sus minutos,
                                   mas desde las arenillas
                                   de aquí?


 

Para qué el vino, amios míos...
¿Para qué el vino, amigos míos,
si allí la luna, en las aguas, ebria, se despliega?

Id a la orilla y sed de ella, dulcemente enajenada
en su propio vals antiguo
de velos de silencio que se igualan al fin, tenues, a la arena…

Sed de ella que ya el eucaliptus está en ella, más pálido.
Y acaso, acaso, un momento perdidos, amigos míos,
os encontraréis de la mano, luego, en el centro de la danza
  profunda,
figuras intercambiables e increiblemente ligeras, al cabo, de la
  danza…

¿Para qué el vino, entonces, si así seríais más ligeros?

 


 

¿Por qué?
—Por qué la sombra del tiempo,
          por qué,
      en una como mirada, fuera ya, de él,
      y de que nacen unas briznas
      sobre unos lucerillos
              de gnomos?

                    La sombra?
La sombra de la “danza”, solamente,
o la de un tejido desgarrándose?

El espectro de la rueda de la necesidad
         que no deja nada,
                        nada,
          fuera de sus dientes?.. .

Las cosas y las otras vidas de la cadena
          podrán excederse, alguna vez
         —por qué gracia o por qué espíritu que las vacíe de sí?—,
                             podrán excederse
                             hasta llegar a ser, también,
                            el cauce de esa eternidad
                                      que recién
                             ha de liberarlas, asimismo?
                    Pero hasta cuándo, hasta cuándo, la soledad de
                          los “momentos”,
                                       al parecer
                    sin ángel y sin ánimos…
                                      hasta cuándo,
                   sangrando, oscuramente, en las puntas de su aire?

—Y qué dices de las manitas
        que a nuestro lado piden
                     y se quedan
        más acá de la “contemplación”,
tendiéndose para asir lo que les tira el “minuto”
                     en una cascarilla
        que no llegará a tocar fondo, no?

Qué dices tú de estas raicillas que nacen
                  de otro vacío
        en la desesperación de negarlo,
y permanecen, del revés, en la orilla del celeste
                               de Dios,
        y no conocen otro vértigo
                      que el de ese vacío?

                                           Qué dices de los seres que debían
                          ser todos uno con su juego
y se les aparta hacia una “duración” sólo de vísceras
           a lo largo de los jardines?

Qué dices de los que debían aquí, ahora, aquí,
               en un siempre de aquí,
unir, justamente, el tiempo y la eternidad?
        Y por qué, pues, al segregarlos,
se termina espectacularmente en unos reflejos que no se
       juntarán ya que una luna los fija...?
                                   reflejos
de lo que serían unos amantes que se beben
                                               en su ola
                                      fuera de su cauce:
la pareja que vive y muere, también, en una chispa que abre
                             los imanes de Octubre…
o si lo prefieres: la sed y los racimos que se funden
                                 más allá del estío
        en unos labios que no saben…?

O el héroe y la enredadera bajo el confín, aún,
       y en el zodíaco, de las guías,
                              deshojándose
                                ya…?

                  O en lo cotidiano, diría
la sonrisa que pasara por una lluvia
                                y se devuelve
                                               filialmente
al sonido de que se desplegó
                                         el mar…?

                  O la hojilla que amanece
                  sin amanecer...?

O el acuerdo que se descubre, desde casi la nada,
         en el secreto que no tiene
                           edad…?

O todavía el quehacer que increiblemente se liga, enjugándose,
        con el de las abejas del éter...?

O nuestras cinco puertecillas sin sus cenizas, una vez,
        o sin las acumulaciones de la rutina,
                    dando, naturalmente,
              tras el rayo del deshielo,
sobre la azucena sin contradicción...

O—para resumir, si quieres—esos vínculos con alguien o con
    algo,
                                                       de repente,
o sobre los hilos que tal vez viniera adelgazando
        la fuente de nuestra noche...
                    esos vínculos
ante el deslizamiento de una vida que no es ésta, no...?

Pero por qué el desdén para lo que se obstina y obstina
                hasta el perfume
en la subida desde las oscuridades y los lazos
        del mantillo?

O el desvío hacia la prueba que no llega para que luego llegue
                     la flor?

Y no es lo que pasa lo que justamente tiene alas
                 para la melodía
o para ese silencio de unas gamas de por ahí,
      que nos llena de campanillas
                  el rocío de nuestra penumbra dividiéndose hacia él,
                      infinitamente hacia él,
      bajo un “deshora” de lianas?

Y lo que huye,
no es, acaso, lo que buscas o lo que te seduce
desde la nieve de la onda?

Y esa nube que cae,
no es la que pone de pie a lo desconocido
ahilándolo de su sueño?

Y esa que viaja,
no es tu vida en chinelas a bordo de los segundos
de un celeste
                       que fluye de sí pero que está encima de sí…
o no es el desasimiento,
ella,
de lo que, a escondidas, iba echando las llaves
contra lo que continuamente viene a ti
desde el frío
y te llama...
o contra la vista de tus propias lejanías
                                                  en esos relámpagos
que precisamente te muestran a ti mismo
en el azul de tu condición?

Mas no habría en tu anhelo algo como la timidez
ante el desgarramiento de la seda
para los relevos de la intemperie
o el cumplimiento, aún mismo, de su turno de muselinas,
                                            o de esa “aura”,
                                                            mejor,
que sólo ha de titilar sobre el hechizo, buscándose?
O la ironía de una fe que retrocede ante los mismos
                                     avatares de su “regreso”
                                           o de su “iniciación”?

O una especie de “estremecimiento” delante de los “monstruos”
                                                              que, además,
                                   no persisten más que los iris…
y que habría que atravesar en todo caso con esa hoja que no se ve
                                             en la esgrima del “Centro”?

O la debilidad, todavía, sobre los bordes de los precipicios
                                                         a que llevaran los tapices?

—Pero la melancolía del “río”
es una llaga que no puede acceder a cabrilleos
                                                     de lirios
porque es el surtidor de otras capas que las de unos sentimientos,
       en fin de cuenta, de “familia”…

Y quién dice que el amor
que trascendiera, naturalmente, la dulzura que no quiere saber
                                                                del invierno,
hacia lo invisible que se deshace en una sombra
                                                    de gritos
bajo la misma “ceguedad” que abre continuamente al lado, es
      cierto,
                                  unas pupilas de nepeas...:
quién dice que el amor
no sería también la asunción de la raíz o las raíces?

                                                        Aunque…
ahí, ahí están esas garritas que no pueden sino “asumir”
                                    lo que les despiden las verjas,
y que no podrían avenirse, no, a una “nada” de condenación.

                                             Verdad es que desde el mundo
                                                      de “arriba”
                                                        se fuerza a la “pálida”,
                                        a partir del seno mismo de la que iría
                                              a contradecirla,
                                             pero que madura unos huesillos,
                                                    sólo,
                                                  “sin camisa”, ciertamente,
                                                       ella,
                                                y a la margen. .

Oh, se la fuerza desde lo alto de las togas y de eso que las mide:
                                               la profundidad de las “cajas”...

Oh, no la conllevan todos, todos, según la ninfa que serían
                                       para la mariposa del límite…

No todos, no.
Ni es de luna, indefectiblemente, por el camino de los
                                          escalofríos y de los ladridos
         para cortar, maeterlinkianamente, un hilo. ..

—Mas si pudiésemos responder hasta a las hijas de la vibración
                                       no lo haríamos luego de “salvarnos”?

Por qué no comenzar, de cualquier manera, la “salud”,
                                       humildemente, con todos?

No está el sentido, ahora, en el “nosotros” de aquí,
                                        hasta el ajuste, exactamente,
de los pasos sobre el alambre que los ha de conducir
                                           del otro lado de la “fatalidad”,
donde el destino, recién, recién, lo mismo que el atardecer,
                                    respiraría con unas flautas...?

 


 

Preguntas a la melancolía
         Qué tiempo del alma
es éste que en la tarde, infinitamente, transparece
                                                           unas islas?

                O es setiembre, sólo,
         el que sueña sus espejos, abismándolos, aún,
                                                      al nivel del confín
         que no termina, a su vez, de ser absorbido por el mismo
                                                           vacío?

                  Pero por qué se hunden
                                    el verde y el celeste en la niñez… así:
                                                        por qué?

                  Por qué no vuelan, ellos, di, melancolía
                                                                      si tienen, ya,
                                                                            plumas…:
                                                               por qué?
                  Y de dónde miras tú, melancolía, si
                                       misteriosamente,
                                                   al fin,
                                       no parecen de aquí
        ni los montes que recuerdan o que ansían o que olvidan
                                                         y que se sumen
                                                  al trasluz
                                         de un espíritu, no?, de agua
                                                      y de aire?

            De qué hierbas, entonces, tus ojos de doncella, di,
                                        melancolía,
                                                  se azulan...
                             y se deslíen...
                                        de cuáles?
Por qué ahora te curvas y subes hasta casi abovedar la
     despedida,
                                    aquélla,
                                                     que eterniza, ya, un río
                                                    y unas orillas...:
                                             por qué?
                   si tu pensamiento, niña, al fin de savia, sólo habrá
                        de anochecer,
                                            y anochecer,
                                            una palidez de yermas,
             más allá de lo que, apenas, si amarillamente,
                                                      urdiese
                                                      tu penumbra
                                                      y tu brisa
para la misma trama, acaso, a que por la mañana, te avendrías,
                                                          al disolver tus hojillas
         en esa pecera que abrirá pero hacia arriba
                                                                   o de arriba,
                                                la sublimación del rocío...?

Por qué, en tal caso, te vas como una Ofelia por la línea
                                                            de lo alto
                  o en la línea sólo de tu frente, o del desvío,
                                                   justamente, del halo
                        que ha de apurarte, luego,
       el sueño de la clorofila o la diadema hasta después,
                                                            todavía,
                                de instilarte la primicia
                                                    de una malaquita...:
                                       por qué?
O es por ventura, la unidad contigo misma
                                        o con el flujo que te empina
                                                   y te alisa,
                                                   lo que te hace combar, así,
                                                          destacadamente,
                                                          el minuto...?

Sería, pues, esto, di,
                          melancolía…?
                                     di…?
O no tendrías nombre, ni necesariamente edad, ni esencia,
        pues serías
                                                  y no serías
                                en la continuidad de ese “aire”
que oscurece y se ilumina de lo íntimo
                                            de la vida
                                            a la vuelta de nada...
o cuanto más, lo creíble y simultáneamente, lo increíble
                    que no deja de vivir
                                              y de morir
                    en la fe de una caña que carecería
                                       de articulaciones, para asumir, por ahí
                      la respuesta, sin tiempo, a las respiraciones, a la
                          vez,
                                                       del cielo
                                                               y de los abismos...?
                               O no podrías ser, después de todo, el viso
                                                           que en la oscuridad,
                                                               nuestra prisa
                                                            al borde del miedo,
                                                                    nomina…:
ése de la mariposa de la descomposición y del horror que debe
      de latir,
                                                      por lo demás, la fuga
                                                           de todo el iris,
                   a costa, es cierto, de ellos y quizás de una ausencia
                                                             sin secarse aun,
                                                aunque en un devenir
                   que los negaría, extrañamente, o si quieres,
                                                                 que los niega
                                                                         así
                                                              con tu desdén mismo
         de criatura toda frente, y del otro lado, o por encima,
                                                                             así,
                                                                 de los junquillos?

 


 

Qué, decís...
Qué, decís
que ellos no sienten
el jacarandá bajo la lluvia...?

El Noviembre lila, todo lila, bajo la lluvia o en la lluvia
que no se oye?

Ellos sienten el río, decís...?
ven velas blancas que no hay,
hacia el confín de sí mismos,
y unas redes inexistentes, decís?,
en que su silencio tiembla o arde...?

Ellos tienen antenas, a veces, decís?
para palpar algunas invisibles criaturas,
y suelen tener la varita, decís?, que vibra con las corrientes
escondidas…?

Pero a estas nubes que parecen subir
cuando no se sabe qué arpas descienden o se abisman,
ellos ni siquiera las adivinan, decís?

Es porque no es de ellos “la ciudad”, aún, decís. ..?
ni de ellos son los jardines que vuelan
y que deshojan calles pálidas de amatistas?

Pero no tendrán ellos, decid, la corona de los morados
sobre los caminos libres totalmente de vidrios, al fin,
o no ascenderán ellos en los ceremoniales delicados
a oír palpitar las teclas lilas de la común savia encontrada…

sobre todo cuando la lluvia
teje el mismo silencio
para las frases de unos pájaros...?